laisladehierro.com - La Isla de Hierro, novela de acción y suspense

LA ISLA DE HIERRO

LA ISLA DE HIERRO

PRÓLOGO

Madrid, marzo 2020

Damián se ajustó el nudo de la corbata frente al espejo del baño de la oficina. El reflejo le devolvía una imagen que aún no reconocía como propia: un hombre atrapado en un traje de tres piezas, con la mirada endurecida por soles extranjeros y noches sin sueño. La corbata le apretaba la garganta como una soga; era el uniforme de una paz que no sentía suya. Habían pasado seis meses desde que entregó su fusil y su placa de las fuerzas especiales, pero el desierto y la pólvora seguían bajo sus uñas.

Intentaba adaptarse a la vida civil, pero era un proceso agónico. Se obligaba a caminar por la Castellana sin escanear los tejados en busca de francotiradores, a entrar en un restaurante sin localizar las salidas de emergencia antes de mirar la carta, a ignorar las matrículas de los coches que se detenían demasiado tiempo a su lado. El silencio de la oficina —el zumbido de los servidores, el tintineo de las tazas— le resultaba más estresante que el estruendo rítmico de las palas de un helicóptero en zona hostil. En combate, las reglas eran claras. Allí, el enemigo era invisible y vestía de aburrimiento.

Pero aquel lunes, el aire en la Torre de Cristal pesaba de forma distinta. La pandemia, que semanas atrás parecía una noticia lejana, estaba dejando de ser un titular para convertirse en una sombra. Los pasillos hervían; la gente hablaba en susurros, compartiendo cifras que no cuadraban y miedos que empezaban a tomar forma. Miguel, el supervisor, irrumpió en la sala con el rostro normalmente jovial cubierto por una palidez absoluta.

—Chicos, recoged vuestras cosas y salid del edificio. Ahora —ordenó con la voz tensa de un mando que ha perdido el control—. En recepción os darán un portátil para que trabajéis desde casa. El Gobierno va a declarar el aislamiento total. El virus se ha descontrolado… de hecho, ya ha habido contagios en esta misma planta.

Damián asintió en silencio. Mientras los demás se atropellaban entre sollozos y llamadas nerviosas, él guardó sus pertenencias con una calma metódica. La idea de encerrarse en su piso le pesaba más que una mochila de combate, pero no sabía que aquel encierro sería el prólogo de su verdadera misión.

Al llegar a casa, el silencio lo golpeó como un muro. Marcó el número que mantenía su humanidad a flote.

—¡Hola, papá! —gritó Arthur, de seis años, pura luz—. No hay cole porque hay un bicho fuera —añadió con esa seguridad dulce que solo tienen los niños.

El pequeño vivía en Valladolid con su madre, Nicole, desde la separación, y repetía aquella frase como si fuera una manta con la que pudiera arroparse solo. Damián cerró los ojos. Ese nudo en el pecho no se parecía a ninguna herida de guerra; era más profundo, más vivo. Le prometió que pronto se verían, que aquello solo era un juego de esconderse, mientras por la ventana veía cómo Madrid se vaciaba despacio, como una arteria perdiendo su último latido.

Las semanas siguientes fueron un descenso a la introspección. Refugiado en la penumbra del salón, entre colillas y noticias cada vez más apocalípticas, Damián encontró una vía de escape en un videojuego táctico en línea. Allí conoció a Lorena. El contacto comenzó mediante el teletrabajo durante el confinamiento y pronto se trasladó a las noches de juego: ella desde Sevilla, él desde Madrid. Lo que empezó como una simple coordinación de disparos pasó a confesiones nocturnas, y luego a videollamadas donde el rostro de ella era la única luz en su habitación. Contra todo pronóstico, en un mundo que se desmoronaba, algo dentro de él volvió a latir.

Mientras tanto, los telediarios repetían cifras cada vez más aterradoras. Muy pocos seres humanos eran inmunes y la epidemia empezaba a desbordar a los gobiernos del mundo. El pánico se extendía entre los ciudadanos; las calles, antes ruidosas, ahora estaban vacías. Solo los cuerpos de seguridad patrullaban, ordenando a la gente permanecer en sus hogares para evitar que la situación se descontrolara aún más. Aun así, siempre había quien se saltaba las normas, ignorando el peligro circundante.

La vacunación masiva comenzó con urgencia febril. Pero Damián, acostumbrado a desconfiar de las versiones oficiales, decidió esperar. Había patrullado zonas con cólera y ébola sin contagiarse; su instinto le gritaba que algo no encajaba.

La confirmación llegó una tarde de lluvia sucia. El cielo parecía escupir barro y las gotas golpeaban los cristales con un sonido áspero, como si quisieran atravesarlos. El teléfono vibró una sola vez. Un número oculto. Un silencio que pesó demasiado. Y entonces, una voz rota, desgastada por algo más que el cansancio, se escuchó desde el otro lado.

—Damián… escúchame bien. No puedo decir mi nombre, no puedo. La vacuna… no es lo que dicen. Al principio parece que mejora a la gente, sí, pero es un catalizador químico. En cuestión de semanas, el sistema nervioso empieza a fallar: primero pequeños temblores, luego pérdidas de control… como si el cuerpo dejara de obedecer. No lo están contando. No quieren que se sepa. Difunde esto. Que nadie más se…

Un silencio seco cortó la comunicación. Luego, una ráfaga de fusil. La firma de una muerte profesional.

Horas después, la televisión informaba de un supuesto «accidente» en un laboratorio. La víctima era el doctor Manuel Hernández. Damián sintió un vuelco en el pecho. Manuel no era un nombre más en la pantalla: habían sido amigos desde el instituto, compañeros de pupitre, de exámenes, de escapadas y de esas conversaciones que solo se tienen a los diecisiete años. Sabía cómo pensaba, cómo trabajaba y, sobre todo, sabía que jamás habría cometido un error tan grave como para morir en un accidente. Aquello era un encubrimiento. Lo habían silenciado, y ahora él era el último que conservaba la verdad que Manuel había intentado proteger.

La alerta máxima se instaló en sus venas. Pocas horas después, mientras hablaba con Lorena, un estruendo subió desde la calle. Gritos. Metal retorcido. Hambre. Damián se asomó al balcón. Un hombre con la ropa hecha jirones arrancaba la puerta de un taxi. No buscaba dinero; buscaba carne. El atacante hundió los dientes en el cuello del conductor con una fuerza inhumana. La sangre brilló bajo las farolas.

En ese instante, el barniz de la civilización se calcinó. El miedo se transformó en claridad absoluta: el mundo de las corbatas había muerto, y el lobo que Damián había intentado domesticar acababa de romper la cadena.

Corrió al armario y abrió el doble fondo. Recuperó el equipo que el ejército «olvidó» reclamar: kevlar, rodilleras, botas y botiquín. No tenía armas de fuego, pero sus dedos se cerraron sobre la empuñadura de una katana funcional adquirida en el Rastro de Madrid, fruto de su antigua obsesión por las espadas. El acero frío relució bajo la luz de la estancia.

Damián llamó a Nicole. Una vez. Dos. Tres. El tono seguía sonando, interminable, como si nadie fuera a responder jamás. Probó de nuevo con la respiración tensa y un temblor que se negaba a reconocer. Necesitaba escuchar a Arthur, una palabra, un ruido, algo que le confirmara que su hijo seguía bien, pero Nicole no contestaba.

—Maldita sea… —murmuró, apretando el móvil contra la oreja.

El silencio continuó, frío y absoluto, mientras la angustia le subía por el pecho como un puñal lento. Entonces llamó a Lorena. Ella contestó al instante, con la voz quebrada.

—Damián… ¿qué está pasando? Tengo miedo.

—Coge provisiones. Bloquea la puerta. No salgas por nada —ordenó con la voz del comandante que vuelve a la guerra—. Voy a por Arthur. Y después… iré a por ti.

—Por favor… date prisa —susurró ella, conteniendo el llanto.

Damián bajó al garaje con el trayecto firmemente trazado en su mente: primero su hijo y luego la mujer a la que amaba. El rugido del motor del todoterreno pareció un desafío al destino.

—Se acabó el teletrabajo —masculló mientras la rampa se ponía en movimiento, abriéndose hacia un Madrid que ya empezaba a arder.

Entre la Acción y el Terror Narrativo

‘La Isla de Hierro’ es una novela independiente que lleva al lector a un viaje por un Madrid invadido por zombis y culmina en la aislada isla de Alborán. La historia explora la lucha por la supervivencia y el choque interno de Damián con su pasado militar y la nueva realidad apocalíptica.

100%

Lectores Enganchados

2

Escenarios Madrid-Alborán

1

Historias Originales

Protagonista Fuerte y Complejo

Damián, ex militar, enfrenta tanto enemigos externos como sus propios demonios, ofreciendo una perspectiva intensa y auténtica.

Ambientación Realista

La novela sitúa la epidemia zombi en escenarios icónicos como Madrid, Valladolid, La Base Militar Guadarrama XII, Sevilla, Cadiz, Base Naval de Rota y en la Isla de Alborán.

Narrativa Independiente

Escrita con pasión por un autor independiente, ofrece originalidad y frescura en el género zombi y de suspense.

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